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Salieron de Venezuela buscando una mejor vida, ahora están vendiendo sus cuerpos

Por Paula Bravo Medina

Cúcuta, Colombia (CNN) — El costo humano de la crisis venezolana es evidente en los rostros de las mujeres.

Hablan con dolor en sus voces y tristeza en sus ojos. Al principio son reservadas, pero finalmente se abren y cuentan, entre lágrimas, cómo llegaron a estar en una situación que alguna vez hubiera sido inimaginable: vender sus cuerpos para ganar dinero.

Mariza, una enfermera certificada, hizo el viaje a través de la frontera de Venezuela a Colombia hace dos años, dejando atrás a su madre y sus tres hijos. Como la mayoría de los inmigrantes con carreras profesionales, esperaba encontrar un trabajo en su propio campo, pero cuando las puertas se cerraban repetidamente en su cara e incluso ni encontraba un trabajo de limpieza, Mariza se encontró a sí misma tomando una decisión imposible.

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“Tener un hombre hoy y otra persona mañana”, dice ella sobre su caída en la prostitución, no es fácil y es peligroso. Pero como madre, “no piensas, haces lo que tienes que hacer”. El nombre de Mariza ha sido cambiado para proteger su identidad, al igual que otros nombres en este informe.

La decepción se nota en su voz cuando habla de su tiempo dedicado a la educación y de no poder trabajar como enfermera. “Es frustrante porque te das cuenta de que trabajaste. Cinco años de mi vida estudiando, preparándome. En este momento siento que he perdido cinco años porque no puedo practicar”, dijo ella, con lágrimas en la cara.

En casa, ella era una mujer con una carrera y un sueño, pero la crisis en Venezuela creó una espiral descendente que no podía controlar.

Como enfermera certificada, 15 días de trabajo solo le valieron lo suficiente para comprar una bolsa de harina. Un viaje normal para buscar comestibles se convirtió en una dura experiencia de dos días e incluso entonces no había ninguna garantía de que Mariza pudiera encontrar los artículos que necesitaba, como pañales para su bebé.

Según Mariza, las personas pasaban la noche fuera de las tiendas, esperando que se les diera un número a la mañana siguiente. Con un boleto en mano, los clientes esperarían afuera para comprar lo que la tienda pudiera tener ese día. “No tenía opción sino comprar lo que había”, dijo.

‘Siempre votamos por Chávez’

Durante años, los venezolanos han apoyado al presidente Nicolás Maduro, quien, como su antecesor, Hugo Chávez, utilizó la riqueza petrolera del país para financiar programas sociales. Pero cuando el precio del petróleo comenzó a caer y la economía se derrumbó, muchos venezolanos comenzaron a protestar por la mano que los alimentaba.

Mariza está entre ellos. Toda su familia apoyaba a Chávez. “Siempre votamos por Chávez”, dijo, culpando al ex líder y al actual presidente por la mala gestión del país que llevó a esta crisis.

En el pasado, “no había hambre, no había escasez, no había separación”, dijo Mariza, explicando que cuando las cosas estaban bien, dejabas el país “por vacaciones, no por necesidad”.

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Las necesidades desesperadas de su familia la trajeron aquí, a Cúcuta, una ciudad fronteriza con una de las tasas de desempleo más altas de Colombia, donde lucha diariamente para hacer lo suficiente para enviar alimentos, pañales y suministros básicos a su madre y sus hijos.

Si su madre descubriera lo que estaba haciendo, ¿lo entendería? “Mi madre es una supermadre. Mi madre lo es todo”, dijo, con la voz quebrada de nuevo. “Y sé que el día que se entere, por el motivo que sea, la lastimará pero no me juzgará”.

‘Estoy haciendo cosas que no se ven bien para sobrevivir’

La crisis económica ha llevado a los venezolanos de todos los ámbitos de la vida a abandonar su país en busca de alimentos, medicinas y una vida mejor, y la vecina Colombia está sintiendo los efectos.

Más de tres millones de venezolanos han abandonado sus hogares, y un millón emigra a la vecina Colombia, dijo el ACNUR en noviembre. La ex abogada Malcia llegó hace más de una semana, dejando a sus dos hijos atrás con sus padres de 64 años.

“Solo podía darles el desayuno, a veces solo el almuerzo, y a veces se van a la cama sin comer. Van a la escuela. Incluso hago lo imposible”, dijo, y le resulta difícil hablar de la realidad de su nuevo vida.

Vino a Colombia con la esperanza de encontrar un trabajo como limpiadora, niñera, “cualquier cosa”. Incluso cuando las puertas se le cerraban en su cara, nunca se imaginó a sí misma “llegando a este extremo”. Secándose las lágrimas, dijo, “cuando estaba en Venezuela, estaba a punto de volverme loca, y aquí también me estoy volviendo loca porque estoy haciendo cosas que no se ven bien para sobrevivir”.

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Es una carga que pesa sobre ella constantemente. “Me arrodillo en la noche para pedirle a Dios, incluso he ido a la iglesia para pedirle perdón a Dios, porque pienso en las caritas de mis hijos, mis padres … No es fácil, amiga, no es fácil”, dijo.

‘Soy una niña criando a un niño’

No solo las mujeres profesionales están desesperadas. En el mar de miles de migrantes hay mujeres más jóvenes como Erica, que no ha podido conseguir un trabajo. Con solo 17 años de edad, Erica está vendiendo su cuerpo para atender a su hijo de siete meses, a quien llevó a través de la frontera colombiana en sus brazos.
Buscar trabajo en Cúcuta, con su alta tasa de desempleo, resultó difícil, y ser menor de edad lo hizo mucho más difícil, dice, por lo que le dieron esta “opción: la peor que existe”.

Si no fuera por Maduro y su gobierno, dice, estaría estudiando para ser veterinaria. Y a pesar de tener que dejar ir su sueño, ella dijo que, como madre, hará cualquier cosa.

“No iba a dejar que mi hijo estuviera sin un pañal, sin un biberón”, dijo.

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